SIN ESDRÚJULAS

Palomitas azules

Hola qué tal, soy Carolina Hernández y en esta nueva edición de Sin Esdrújulas quiero que hablemos de las palomitas azules.

Carolina Hernández en Sin esdrújulas. Foto: POSTA

Por: Carolina Hernández

lunes 01 agosto 2022 - 04:53 p. m.

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Hola qué tal, soy Carolina Hernández y en esta nueva edición de Sin Esdrújulas quiero que hablemos de las palomitas azules. Así es, las dos palomitas azules se han convertido en la simbología de nuestra ansiedad por obtener respuestas instantáneas, de nuestra intolerancia con el manejo de los tiempos del otro, de nuestros irrefrenables deseos de encajar y por supuesto, de todas nuestras inseguridades juntas.

De acuerdo con un estudio en Estados Unidos, de 300 millones de usuarios que tenía la plataforma, unos 28 millones terminaron con sus parejas por dos razones: el doble check y la última conexión. Y es que la neurociencia lo comprueba. 

La tendencia del ´leído, pero sin responder´ puede convertir la ansiedad de una respuesta en la exasperación por ser ignorado, esa ansiedad también puede generar un dolor emocional similar al dolor físico.

Investigadores de la Universidad de Michigan demostraron que el "rechazo digital" activa las mismas vías de dolor en el cerebro que el dolor físico, lo que significa que existe un vínculo biológico entre el rechazo y el dolor. 

En 2016, un artículo de Melissa Hill en The New York Times ya hablaba del tema al asegurar que las personas tenemos una necesidad innata de aceptación, al igual que necesitamos agua y alimento para sobrevivir. Por eso, con la sensación de rechazo, nuestro cerebro envía una señal que hace que los músculos de nuestro sistema digestivo se encojan y eso es lo que nos provoca un vacío en el fondo del estómago.

¿Pero por qué nos duelen tanto las palomitas azules? Básicamente, porque no nos estamos queriendo lo suficiente. Estamos tan necesitados de que alguien más no valide que ponemos toda la responsabilidad de aquel lado. Y no es totalmente nuestra culpa. No nos enseñaron a querernos. De hecho, si le escarbamos, la mayoría de las veces nos enseñaron a no querernos mucho, porque eso es arrogancia y la arrogancia es mala. Si te dicen hermosa, les dices que no es cierto y regresas de inmediato el cumplido: tú estás hermosa. Querernos mucho debería de ser muy sencillo, pero parece que no lo es. Entonces, ansiamos que nos quieran afuera todo eso que no nos queremos dentro. 

Pero además, queremos que nos quieran como nosotros imaginamos que debe ser..."Es que yo contestaría de inmediato", "Es que yo cuando quiero algo lo digo", "Es que yo no asumo cosas"... ahá, tú, nosotros, no las demás personas. Aprendamos a reconocer las diferencias para comunicarnos, para querernos, para cuidarnos, para importarnos.

Las personas que nos rodean quieren y se relacionan con nosotros a su manera, como les han enseñado a querer y a relacionarse. Pretender que lo hagan de la misma forma que nosotros solo nos traerá dolores de panza.

La empatía se aplica también en las cosas simples, en esas que nos suceden con una cotidianeidad que nos hace olvidarlas... hasta que dos palomitas azules nos lo recuerdan.


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